Patricio Loizaga, Revista Cultura – Año VII (Número 34), 1990
El autor de “Los perros del paraíso» es sin duda el escritor argentino de su generación de mayor éxito y repercusión internacional. Sus obras han sido traducidas al inglés, francés, italiano, alemán, portugués, holandés, sueco, checo, ruso y estonio. En 1987 obtuvo el Premio Internacional Rómulo Gallegos y en 1989 el Premio Internacional de novela Diana, de México, por su último libro ‘El viajero de Agartha’. Al regresar de una gira por universidades norteamericanas concedió esta entrevista, que se completa con un breve ensayo sobre la obra de Posse realizado por nuestra colaboradora permanente María Rosa Lojo.
Hay algunos escritores que te han caracterizado a partir de algunas obras tuyas, no todas, como un autor adscripto al realismo mágico. Me gustaría que me dijeras cuál es tu opinión sobre el realismo mágico y qué diferencias advertís vos, entre tu obra y este realismo mágico, porque evidentemente en tu obra hay un valor metafísico que no aparece tan nítidamente en el llamado realismo mágico latinoamericano.
Eso del realismo mágico no es más que una cuestión de grado: en la literatura siempre lo real y lo fantástico anduvieron mezclados, pero ocurre que nuestra literatura latinoamericana legitimó de lleno la presencia de lo fantástico, de lo mágico, de lo suprarreal, rompiendo con ciertos límites de razonabilidad que los europeos habían impuesto a la novela. Frente a un panorama mundial bastante asfixiado y decadente, se alzó la literatura nuestra abriendo caminos nuevos, introduciendo su fantasía poética y dando por tierra con ese fantasmón del realismo burgués cuya tumba genovesa es la obra de Thomas Mann. La gracia y el vuelo poético de Borges, Lezama Lima o Guimaraes Rosa fueron como lluvia fresca en la aridez del desierto culterano. Hablando con lenguaje marcusiano habría que decir que nuestra literatura supo privilegiar el principio de fantasía sobre el «principio de eficacia» En cierto modo la novelística latinoamericana es un retorno al gran universo clásico. Un retorno al Quijote como obra paradigmática de logro estético y grandeza moral. Apogeo de fantasía, realidad y lenguaje. Cuando ataca a los molinos de viento, ¿no estamos ante lo real maravilloso?
Pero insisto, ¿Cómo definirías el itinerario de tu obra literaria, cómo te gustaría que te definieran? ¿Cómo explicarías el elemento metafísico al que me referí?
Me definiría como un marginal en Argentina, pero a la vez como uno de los pocos argentinos enraizados con esa gran literatura latinoamericana a la que nos hemos referido. Diría que el centro de mi esfuerzo y búsqueda literarios está en esas obras construidas en torno a lo histórico, pero que no son novelas históricas sino metahistóricas. Diría que soy de los escritores que creen que la historia de América no fue la de un Descubrimiento sino la de un minucioso Cubrimiento y que han sido los poetas y escritores de este último siglo quienes han redescubierto América para los americanos y quienes están rescribiendo la historia, más allá de la versión colonial, que es una historia oficial que ya no se sostiene.
Hasta ahora la conciencia y la reflexión sobre América pasan por la literatura. Ni nuestros filósofos ni nuestros políticos dieron con el lenguaje que América necesita. Pero los poetas sí, y están señalando el camino. Crear un lenguaje propio significaría crear un modelo de vida propio, verdadero.
No me reconozco en eso del realismo mágico porque la realidad misma, hasta la más aparencial, es misterio y posibilidad de magia.
En mis novelas hay una apertura a lo metafísico, lo filosófico, lo religioso, integrado en el estilo mismo. En nuestra literatura latinoamericana muchas veces hay mas brillo que profundidad. Me pareció que nuestra novela puede ahondar y visitar los abismos sin caer en ideologismos. Borges, Kundera, Lezama Lima enseñan la posibilidad de integrar lo metafísico mediante el dominio del lenguaje y no por invasión de ideas yuxtapuestas.
Esta preocupación filosófica creo que se hace aún más patente en tus últimas novelas, en especial las referidas al nazismo…
En Los Demonios Ocultos y El Viajero de Agartha el tema filosófico y el ocultismo ingresan necesariamente en torno al tema del nazismo interpretado desde su dimensión de rebelión contra los valores del judeocristianismo y como voluntad de restablecer una cosmovisión paganogermánica. Todo esto tiene que ver con lo filosófico y tiene muchas más relaciones y consecuencias que la de la satánica realidad del episodio nazi. Esas novelas me permitieron recorrer la intimidad del autocratismo y del fascismo que tanto tienen que ver con nuestra América. Desde un punto de vista novelesco me fascinaba que detrás de los millones de muertos que costó el nazismo hubiese un motor encubierto que pasaba por las sociedades secretas, el ocultismo y una voluntad de resacralización pagana. Me causó placer escribir estas novelas que visitan zonas infrecuentadas -ningún escritor alemán se metió con el tema a fondo-, y las escribí contradiciendo mis facilidades, como diría Flaubert, con cierto humorismo, sin tomarme en serio y sin miedo a fracasar estrepitosamente en un tema que carece de antecedentes literarios. Cuando en México me entregaron el Premio Diana por El Viajero de Agartha, me disculpé ante los organizadores diciéndoles que si bien ellos esperaban una novela latinoamericana con ponchos y ojotas, yo había entregado una narración que empezaba en Berlín en 1943 v terminaba en los desiertos de Mongolia…
En La Reina del Plata también hay temas filosóficos en un relato con elementos de fantapolítica y de proyección futurista. Jugué allí con la idea de un futuro de sociedad feliz pero no industrial-tecnológica. Buenos Aires pasa a ser uno de los centros del ciclo de Acuario. Rige un tiempo circular, una especie de nietzscheano eterno retorno o tiempo americano que puede alterar las expectativas del lector tradicional. Evita, Hipólito Irigoyen, Arlt, reaparecen en el tiempo como obreros de un siempre mismo irreconocible. La obsesión futurista de la ciencia ficción respeta, con la diferencia que en el futuro se encuentra y preserva lo mejor del pasado.
¿Cuáles son los grandes riesgos para un novelista contemporáneo?
La literatura es una carrera de riesgos. Desde los exteriores a los personales e íntimos, como tomarse demasiado en serio o como responder frívolamente ante la importancia del arte.
Creo que es importante para un creador tener confianza en sí mismo. Si uno no cree los otros tampoco creerán. Hay que estar preparados para el salto: para no huir ante el riesgo de lo nuevo, lo propio, lo original. Pienso que para esto es necesario mucho coraje y cierta desvergüenza funcional.
El artista en general, y el escritor en particular, son los últimos samurai: tratan de salvar valores en el incendio de la subcultura comercializada a escala global. Son la conciencia de vivir, de temer la muerte, de los dioses huidos o revelados, del dolor humano y del amor humano; en el mundo envilecido de una sociedad industrial-tecnológica que bajo la palabra progreso disimula el vacío y la estupidez. La reflexión de la cultura es una gran resistencia. La sobrevivencia de la cultura es la mayor batalla de nuestro tiempo. En América Latina -y en especial en nuestra desastrada Argentina- la cultura es el último bastión que nos queda para ser. Estamos bajo la amenaza en acción de una transculturación forzada que conllevaría la muerte de la nación. Argentina peligra porque peligra su cultura, no su economía. Sin cultura Argentina será nadie.
Si digo esto se comprenderá que para mi el arte y la literatura adquieran una dimensión dramática. Creo que estamos hermanados con Yukio Mishima, símbolo y realidad trágica de la resistencia al anonadamiento del ser en una sociedad diabólicamente tecnolátrica.
En lo que hace a nuestro país, escribir es peligroso. Lugones, Alfonsina Storni, Pizarnik, Murena, son nombres que nos indican o prueban lo que afirmo. Un talento como Arlt vivió como un fracasado pese a su tan mentada prepotencia de trabajo. A Borges lo ningunearon, como diría Arguedas, hasta que Roger Caillois lo impuso en Europa. Victoria Ocampo siempre lo trató como a un excéntrico de segunda clase. Recuerdo que los mediocres de la revista Contorno le dedicaron todo un número para denigrarlo, cuando ya había publicado El Aleph y Otras Inquisiciones. Hay que ser un verdadero estratega para indiferenciarse de la agresión solapada o la concreta y esta última va desde el asesinato de Conti al suicidio de Lugones.
Quisiera que me dijeras algo en relación a la llamada literatura social, política incluso.
Es una de las vertientes de esa montaña de las letras. En ella se dan tantas posibilidades de logro o de fracaso artístico como en las otras. Sobre este género de literatura y sobre la palabra «compromiso» hubo una estéril discusión política. Al fin de cuentas Proust, Mallea o Thomas Mann fueron también escritores sociales… La atracción para plasmar el conflicto sociopolítico de nuestra época es una pulsión literaria tan válida como el amor por Laura en el caso de Petrarca o la búsqueda del Dios escondido en San Juan.
Pero en todo caso para que el documento o el testimonio sobrevivan en el juicio del arte, deben ser artísticamente logrados.
En este aspecto la literatura latinoamericana tiene el privilegio notable, inédito en otras literaturas, de haber sabido dar lo social desde una dimensión poético-literaria de altísima calidad. Comunistas como Scorza, Neruda o Carpentier plasmaron sus preocupaciones y visiones políticas con expresiones extraordinarias. García Márquez, Guimaraes Rosa o Rulfo, creando universos literarios originalísimos nos dan también una clara interpretación de la realidad social. Cuando citamos estos nombres nos sentimos lejos de la chatura de Romain Rolland, Henri Barbusse o Alexander Fadeev, europeos que creyeron poder dar testimonio sin arte literario.
Este tema de la literatura comprometida o política ha quedado superado felizmente en nuestras letras, aunque queden todavía rencorosas capillas, los eternos tontos de izquierda y de derecha, que nos hacen acordar de aquel soldado japonés que siguió veinticinco años escondido sin enterarse de que la guerra había terminado.
Volviendo al tema de la crítica, en Argentina no se advierte un trabajo crítico en profundidad, sobre todo en lo referido a los escritores contemporáneos o de los últimos veinte años…
Esto se relaciona con lo que acabo de decir. Sartre afirmaba que los críticos son como ratas temerosas que sólo se acercan al león cuando está muerto. Después de una experiencia de años y en varios países puedo decir que en los críticos y en los profesores uno más bien encuentra fatiga. Siempre me parecen gente a contra gusto, como intoxicada por la cantidad de libros que solapean o leen obligadamente. Ocurre que han profesionalizado o comercializado aquel Dios de la juventud que alguna vez los llevó a los libros y al placer de leer, placer que Barthes reencuentra tardíamente después de mil tecniquerías inútiles.
Nabokov inmortalizó esta intoxicación de los críticos en su inolvidable Dr. Kinbote de Fuego Pálido.
Salvo loables excepciones, los críticos se dan cuenta tarde de la calidad, más bien están a la defensiva o niegan de antemano. Y como decía o enseñaba Faulkner jamás hay que polemizar con ellos o responderles. No son más que el personal de servicio de las letras.
Siempre inventan, en cada generación, algo para apoderarse del Palacio y desplazar a los señores. Puede ser el «telquelismo», el estructuralismo, el realismo socialista o el postmodernismo. Siempre los mediocres andarán a la caza de una asesoría editorial o el comando de un suplemento literario de una cátedra, para ejercer su rencoroso y disimulado fascismo de papel.
En esto debe haber un truco de la especie: los mediocres negativos deben ser una valla para que los talentosos salten todavía más alto. Quizás los salieri cumplan una misteriosa función dialéctica en relación a los mozarts.
Es curioso que en el exterior exista un interés y un aparato crítico dedicado a los autores contemporáneos argentinos que casi no existe en nuestro país.
En Argentina da la impresión de que los críticos leen como para confirmar sus afectos o sus desprecios previos. Los críticos, conciente o inconscientemente, se tornan agentes de esa generalizada descalificación del creador y de la cultura. Los supuestos «comunicadores» al servicio de la estruendosa audiovisualidad nacional tienen por objetivo incomunicar con todo lo que sea profundo y valedero: la creación, la investigación, el pensar, el dolor. Baste para ejemplificar que nuestros últimos premios Nóbel, Houssay, Mildstein, Pérez Esquivel, Leloir, nunca fueron llevados a la televisión o a las radios antes de ser consagrados. Los supuestos comunicadores adolecen, en general, de una pavorosa incultura y se sienten muy mal ante un creador, un científico o alguien serio. No saben qué preguntarles ni qué decir. Borges me comentó una vez esto. Me dijo que cada vez que entraba en algún tema profundo el «comunicador» le metía en chimentos y anécdotas. Todos tenemos una experiencia personal de este tipo. Cuando recibí el premio Rómulo Gallegos que se había dado sólo en cinco ocasiones y siendo yo el primer argentino que lo recibía, mi discurso se publicó en muchos diarios de América, pero no en Argentina. Esto coincide con la universidad: nunca fui invitado ni siquiera para tomar un café porque algún profesor haya querido preguntarse qué se propone este tipo que tiene ocho novelas y está traducido a trece idiomas. Sartre decía que la esencia del fascismo es la descalificación y el desprecio previo al conocimiento del objeto.
La diferencia entre Argentina y otros países en este aspecto, quedaría demostrada en el pintoresco incidente cuando se estableció una cátedra sobre Argentina en la Universidad de México. Los mexicanos propusieron bautizar a la cátedra con el nombre de Borges o de Cortázar. Los argentinos se negaron con entusiasmo y sugirieron que se llame Sarmiento o Alberdi. La cultura como algo real, vigente, inmediato, fuera del manual, no podían tolerarla.
Volviendo a un tema más específicamente literario ¿cómo ves la literatura norteamericana?
Sin dudas el aporte de la literatura norteamericana fue decisivo en la plasmación de la novelística latinoamericana. Los autores de mi generación leyeron como a maestros innovadores a Faulkner, Dos Passos, Thomas Wolfe, Caldwell y el mismo Hemingway. Sin contar la importancia decisiva de Poe, Melville, Whitman y Thoreau. Si se juzga más allá del obsoleto límite de las fronteras literarias, hay que decir que Faulkner fue el primer gran escritor de la nueva novelística latinoamericana. Fue el primero en vincular a la novela una visión poética del lenguaje y un criterio del tiempo y de lo onírico que escapaban definitivamente de la tradición racionalista de la novela europea, aunque él mismo haya partido de esos grandes disidentes europeos que fueron Proust y Joyce. Me atrevería a decir que estuvimos hermanados culturalmente con Estados Unidos hasta la muerte de Faulkner. En su obra encontramos la marginalidad de los negros y de los blancos pobres y vencidos del sur, los blancos del subdesarrollo. Encontramos el orgullo, la gracia, la nostalgia del mundo provinciano del Sur. Absalon podría haber sido escrita en provincias argentinas como Salta o Tucumán. Incluso en Faulkner hay una apertura a la latinidad a través del universo cultural de Nueva Orleans.
También es interesante el caso de Hemingway. Había inventado el modesto recurso literario que le dio tanta fama de llevar la síntesis periodística al diálogo novelesco. Pero era un hombre superficial y bastante ridículo por causa de su vedettismo. Y curiosamente España y Cuba fueron para él como la revelación de un mundo profundo, grave, dejó de ser el exitista atolondrado autor de esos diálogos tontos cuya parodia son la delicia del New Yorker, y escribió esa breve novela grande que se llama El Viejo y el Mar, que le mereció el premio Nóbel. Yo creo que con estos hombres y con el gran anarcosexalista que es Miller, se acaba la etapa en que la literatura norteamericana nos decía cosas y nos enseñaba. Se cierra lo que personalmente denomino la etapa de la literatura americana-americana. A partir, de allí se inicia una decadencia. Hay una trasmutación profunda de valores en esa sociedad que deja de ser una potencia de pioneros y creadores. Se inaugura la sonora decadencia de la violencia nihilista, el elitismo juvenil de Kérouac, los lacrimosos y desordenados gritos de los poetas de San Francisco, Allen Ginsberg con sus sórdidos amores de letrina y sus epistolarios cursis y patéticos jactándose de la pederastia y de las drogas. Todo eso es irreverencia, no revolución, produjo una subliteratura. Sin embargo hay que rescatar dos estilistas notables: Truman Capote y sobre todo William Burroughs. Este alcanzó una extraordinaria creatividad de lenguaje, sólo comparable a un Severo Sarduy o un Lezama Lima. Capote se inició como la gran promesa y terminó en el periodismo literario, que implica la imposibilidad de imaginar una obra de arte. Algo parecido le ocurrió a Norman Mailer, aunque por cierto menos dotado para escribir. Styron y Bellow mantienen la línea de la novelística tradicional, pero yo lo calificaría de realismo neurótico. Singer, que es más europeo que norteamericano, me parece un valor de fondo. El silencio de Salinger es el símbolo de ese decadentismo literario.
Lo cierto es que por causa de este decadentismo que tiene muchas variedades y vertientes, se produjo una ruptura entre la literatura del norte y del sur del continente, que antes no existía.
¿Cuál es tu opinión sobre el protagonismo político de algunos escritores?
Para mí es una peligrosa traslación de campos: el escritor hace una política inmanente a su obra, en su espacio de libertad. Cuando se afilia o se agrega a la política pública traiciona la naturaleza y ese espacio propio de acción política. En general el rol de escritor es estar a contrapelo. La adhesión y la definición significan la suspensión de su libertad.
El poder político, los partidos, las ideologías, pretenden agregar, afiliar, al escritor. Pretenden transformarlo en perro, que es el animal doméstico por excelencia, el mejor amigo del hombre. Pero resulta que el escritor, por naturaleza, es gato. Tiene que entrar y salir de la casa cuando quiere. Es infiel para ser fiel. Tiene que tener libertad para andar por los techos y por lugares infrecuentados de los sótanos. La política es casi la profesión de una idea de la moral y del bien. El escritor sabe que el demonio y el ángel combaten en el corazón de cada hombre y que en cada santón de la política se esconde también el demonio de la condición humana.
En suma y finalmente, creo que el escritor no debe afiliarse porque es siempre revolucionario. Un poeta trabaja en la conciencia del amor, de la muerte, del dolor humano, de la felicidad y de la celebración de existir. Es simplemente la conciencia de ser y del ser. No hay nada más revolucionario que recordar el amor y el dolor, el temor y la gloria de seguir viviendo. La política, aunque importante, está por debajo de la gran reflexión del ser.

